PREGON OFICIAL DE LAS FIESTAS DEL STMO. CRISTO DE LA LUZ 2008

2008
Pregón
Jesús Rubio Alférez


“Como vive el recuerdo
de la casa infantil donde aprendimos
la lección del verano,
yo conservo la imagen de aquel día,
soñado en realidad,
pero después vivido tantas veces.”
Luis García Montero.

“Cede la luz, el tiempo no se tarda.
Se va configurando ese día tan mío”
Mª del Mar Alférez


Gracias Alcalde, y gracias a toda la Corporación que me han ofrecido ser hoy el pregonero de Dalías, y anunciar un año más las fiestas del Santo Cristo de la Luz.

Gracias a todos los que habéis venido, porque es un verdadero placer verme rodeado de tantas personas queridas en un momento tan comprometido, sin ser artista, como Serafín, para poder venir y cantaros con música lo que son nuestras fiestas.

Algunas veces había pensado con ilusión: si tuviera que hacer el pregón hablaría de recuerdos, de valores, de ilusiones, de ritos. Pero cuando esa ilusión se me ha hecho realidad, lo que me ha puesto nervioso ha sido pensar qué difícil es ponerle palabras a lo que yo vivo en silencio cada año.
Y aquí estoy, nervioso, agradecido y encantado.

Somos muchos los dalienses que hemos nacido fuera y que no vivimos en Dalías, pero que somos dalienses.
A mi, cuando me preguntaban de crío ¿y tu de quién eres? Contestaba: de María Alférez, y sobrino de Rosario Rubio. Esa contestación supongo que era mi forma, aunque entonces no fuese consciente, de decir que soy de Dalias  aunque viva en Madrid. Ahora contesto que, aunque nací en Madrid, soy de Dalías de corazón y por familia, porque de Dalías son mis padres y todos mis abuelos. Y también suelo añadir que soy sobrino nieto del Padre Rubio.

Hoy quiero ser para vosotros la voz y la presencia de ese hijo que está en Granada, de ese hermano en Barcelona, de esa sobrina en Madrid, y que estos días los sentimos más cerca, porque para nosotros el año no empieza y termina en nochevieja. Para nosotros el año termina y empieza en El Cristo. Aunque los que estamos fuera sabemos como dice Luis García Montero que nos resulta necesario aprender a vivir en otras costumbres, en otro amor, en otro tiempo.

Cuando los Góngora, Callejón, Moral o Matillas nos encontramos, hablamos de Dalías, de cómo lo vemos desde lejos, de lo que mantenemos en nuestra forma de ser, y en nuestras costumbres cotidianas, y de cómo estaba la última tortilla de présules, tan buenísima, porque como los présules de Dalías no hay otros.

Para mi Dalías es un mapa y una brújula para moverme por la vida. Aquí aprendí a tratar con conocidos y desconocidos, a celebrar fiestas y a acompañar en las desgracias. A ser austero y agradecido.

Cuando en Madrid hablamos de cómo somos en Dalías decimos que somos solidarios, responsables, independientes y orgullosos. Que tenemos una forma de ser abierta, respetuosa y diplomática. Y cada uno de estos valores nos da para una tertulia larga, sobre todo si hay que explicarle a alguien que no lo sepa todas las cuestiones de la independencia.

Yo veo un pueblo abierto a las novedades, que sabe lo que valen sus tradiciones, y que mantenemos la palabra chateo para lo  que siempre la hemos usado, aunque ahora los chatos sean de más cosas que el vino blanco que siempre me lleva al recuerdo de la bodeguilla de Marín.

Veo un pueblo vivo, en el que las asociaciones nuevas surgen para caminar por los cerros, para montar en bicicleta, o por motivos más altruistas y solidarios, pero también se mantienen con fuerza las tradicionales. Quiero agradecer hoy desde aquí a la Asociación Talia su esfuerzo, porque con su boletín nos tiene informados y vinculados a lo que va ocurriendo en Dalías a todos los que formamos Dalías en la diáspora.

Aunque fueran nuestros padres los que tuvieron que marchar, aquí fue donde aprendimos a valorar el esfuerzo, a ser pacientes, a no admitir halagos improcedentes y a respetarnos, y donde aprendimos a no confundir ser con tener.

Y todo eso es parte de nuestras señas de identidad, de ese eje de tiempos que es Dalías, en el que aparecen mezcladas imágenes de abuelos, uvas, acequias, eras y balates, traspasando varias generaciones.

En Dalías están nuestras raíces, y Dalías es nuestra tierra firme. La que nunca falla. En la que te entiendes con pocas palabras, y un amigo es un amigo.
Por eso, cuando estoy llegando a Dalías y veo nuestra sierra, me siento acogido, como si se me esponjara el ánimo con los primeros saludos.
Cuando subo a Celín y nos vamos dando las buenas noches, vivo el tiempo más sereno, más natural, y en la tertulia con la familia o los amigos me parece que el mundo debería ser así: amable y relajado.

Al encontrarnos y decirnos: me alegro de verte, es que de verdad nos alegramos. Nos sentimos aquí o allí, acogedores y acogidos, enriquecidos por el encuentro y por esa hospitalidad tan cálida y natural, tan nuestra.

Cuando un pueblo que tiene que dispersarse mantiene sus señas de identidad, sus vínculos, sus valores y sus referencias, se enriquece. Y yo creo que en Dalías tenemos unas señas de identidad muy ricas y profundas.

Somos tierra, como nuestros huertos, como nuestra sierra, y yo creo que somos muchos los que compartimos lo que Eduardo Galeano decía que era el undécimo mandamiento: “Amarás a la naturaleza, de la que formas parte. Y no habrá noche que no sea vivida como si fuera la última, ni día que no sea vivido como si fuera el primero.”

Somos agua, sabemos que el arroyo nos trae la vida y que las acequias convertían en una fiesta el día del riego. Somos el agua de nuestras fuentes, siempre presentes en nuestras vidas desde los primeros recuerdos, y que ahora ofrecemos a los peregrinos para que la compartan con nosotros. Y ese es el frescor que nos gusta, el natural del agua que corre, y el que seguimos disfrutando como cuando éramos críos y nos subíamos al pilón de la fuente Peralta para beber del caño.

Somos aire y fuego, y cuando venimos a las fiestas sabemos que todos nuestros símbolos van a estar presentes con toda su fuerza.
Son fiestas en las que cabe todo: la noche y el día, la familia y los amigos, los cantos, las copas y lo espiritual.
Nuestro espíritu se ensancha, porque son día en los que todos los dalienses estamos convocados y todos los forasteros son bienvenidos.

Son días de compartir: de compartir el espacio más céntrico del pueblo que se convierte en lugar de encuentro de todos, de compartir afectos, amistades, noches largas, y esperar el Domingo. Ese día en el que, con El Cristo, cerramos un ciclo y empezamos otro.

Y nos acordamos especialmente de los que nos faltan que el año pasado no nos faltaban, y de los ausentes que son tan importantes en nuestro corazón.
Yo este año me doy cuenta de lo presente que ha estado Pepa Zabala en mi vida, desde que yo era un niño hasta sus últimos días, serena, feliz, con esa sabiduría que a veces vas buscando lejos y que se encontraba aquí, tan cerca y desde siempre, y que sólo exige venir y mirar con los ojos del espíritu abiertos.

Y nos encontramos con nosotros mismos hace años, cuando éramos críos; cuando fuimos las primeras noches al  Casino y una rebeca de angorina naranja delataba a la mañana siguiente con quién habías bailado.

Para nosotros es normal que estos días concentren los pequeños, o no tan pequeños milagros de nuestras vidas. Son días en los que caben reconciliaciones y propósitos con los sentimientos a flor de piel. Días en los que te puede cambiar la vida porque vienes con tu gabardina a ver los toros de fuego, y te vuelves con la gabardina quemada, y el Domingo del Cristo tu vida ya es otra, distinta, mejor, más completa.

El Domingo compartimos las emociones sin tener que hablar. Cuando el coro canta una sevillana que te recuerda a un hermano que te falta o a una amiga que ya no está, el corazón entiende que ese día tiene que latir de otra forma.

Cuando una costalera sustituye por primera vez a su padre y pone su pañuelo en la bajada, las lágrimas no necesitan palabras. Por eso son tan difíciles los discursos ese día, porque sólo nos hace falta explotar juntos con vivas a nuestro Cristo.

Cuando en la salida el Cristo gira y baja las escaleras para encontrarse con su pueblo no podemos expresarnos de otra forma que con fuego, para volver a repetir algo que cada año es igual y es distinto.
Cuando suben los cohetes, mirando ese cielo de las ocho y media con dos luces diferentes, se rompe el tiempo. Estoy en este año y en todos, y el ciclo de la vida comienza otro giro. Sólo existe este momento, y aquí se concentra lo que fue y lo que será.

Sale la procesión y sabemos que somos frágiles porque recordamos la lluvia que nos dejó llorando por no poder sacar al Cristo, y recordamos también el fuego que nos dejó la iglesia y el ánimo en cenizas.

Pero también sabemos que es verdad lo que otros han dicho mejor que yo: peregrino del mundo, si miras con todos los ojos, amarás con todos los corazones.

Y si después de la entrada nos preguntásemos ¿qué es Dalías? sabemos que Dalías es la gente con la que nos estamos abrazando.

Dalías somos nosotros, lo que hacemos cada día, nuestras ilusiones, el mundo que queremos hacer y dejar en herencia. Un mundo limpio como nuestro arroyo, vivo como nuestros huertos, firme como nuestra sierra, y con unas fiestas del Cristo que nos convocan cada año.

Dalienses, comencemos un año más las fiestas diciendo juntos:
Viva Dalías,
Viva el Cristo de la Luz.